miércoles, 9 de agosto de 2017

Robin Hood Capítulo Uno.




CAPÍTULO UNO

NORMANDOS Y SAJONES 


Hace cientos de años, los vikingos realizaron continuas campañas de conquista por toda Europa.
Estos audaces guerreros ‑daneses, noruegos o suecos‑, tuvieron atemorizado a medio mundo durante tres siglos.
Sus aventuras parecían no tener límites geográficos: Alema­nia, Francia, España, Portugal o Rusia fueron visitados por los feroces vikingos.
Su ansia de expansión, apoyada en una gran preparación militar, les llevó a emprender arriesgadas expediciones por mares y ríos.
Las poderosas embarcaciones con las que contaban, únicas en la época, y su extraordinaria pericia como navegantes les permitía arribar a cualquier costa y penetrar por cualquier río. Su superioridad naval se hizo incontestable.
Adquirieron una gran experiencia en los ataques por sor­presa, y sus terribles y sangrientos saqueos llegaron a ser triste­mente célebres en toda Europa.
Uno de estos pueblos vikingos, asentado desde hacía años en Normandía, emprendió la invasión de la vecina Inglaterra.
Este país, no muy lejano de las costas normandas, resultaba muy vulnerable por mar. La longitud de su litoral no permitía ni una vigilancia completa, ni una concentración rápida de las tropas para rechazar un desembarco.
Todo esto no pasó inadvertido a los ojos del duque nor­mando Guillermo que, movido por su ambición y deseo de gloria, decidió preparar a conciencia el ataque a la isla.
-  ¡Venceremos a los sajones! ‑arengaba Guillermo a sus tro­pas‑. Con la conquista de Inglaterra, nuestro poder se exten­derá a otros reinos.
-  ¡Viva el duque Guillermo! ‑ gritaban exaltados los caballe­ros normandos.
Guillermo de Normandía, animado por el apoyo de los suyos, continuó diciendo:
-  Los sajones vencieron a nuestros antepasados muchas veces. Fueron más fuertes, más decididos, más inteligentes... Pero ahora no lo serán. Ha llegado por fin nuestro momento y. . . ¡ha llegado su hora!
Los aplausos y los vivas al duque Guillermo cesaron al aca­bar aquella multitudinaria reunión. Pero el fervor y la entrega de su ejército lo acompañarían de forma permanente durante toda la expedición.
Meses después, las naves capitaneadas por el duque Guiller­mo eran avistadas en las costas inglesas.
-  Señor, se acercan barcos normandos – comunicó un vigía al monarca sajón.
Los sajones no estaban preparados para competir contra un peligro que procedía del mar.
-  ¡Disponed todas las fuerzas posibles en tierra! ‑ ordenó el rey inglés ‑. Debemos evitar el desembarco.
Una pequeña guarnición intentó impedir que los norman­dos tomaran tierra. Pero no lo consiguió.
Así, Guillermo de Normandía desembarcó en las costas in­glesas, y con sus valerosos guerreros avanzó hacia el interior.
Los sajones, en clara inferioridad numérica, se habían visto obligados a improvisar la decisiva batalla en Hastings. Poco duró el combate. El soberano inglés cayó mortalmente herido y el ejército sajón se rindió incondicionalmente.
Las tropas del duque Guillermo siguieron avanzando hasta Londres, donde se libró una última batalla con la que desapare­ció la débil resistencia sajona. La expedición normanda había sido un rotundo éxito.
En recuerdo de su victoria, el ya nuevo rey de Inglaterra, Guillermo I el Conquistador, tras ser coronado, mandó cons­truir la célebre torre de Londres. Esta torre serviría de cárcel para numerosos y destacados personajes a lo largo de muchos años de la historia inglesa.
Guillermo I, tras su victoria, dedicó sus esfuerzos a paci­ficar el país, y tomó algunas medidas para proteger a los sajones.
‑Os aconsejo prudencia ‑recomendaba el rey a sus nobles‑. Debemos ser respetuosos con los vencidos. Sólo así conseguiremos la prosperidad en todas nuestras tierras. Sólo así lograremos una pacífica convivencia.
Desgraciadamente, no todos los seguidores del rey Guiller­mo pensaban como él.
Aprovechando una larga estancia del rey Guillermo en sus posesiones de Francia, los nobles normandos, Ilevados por su soberbia y ambición, no cesaron de causar humillaciones a los derrotados. Las cargas tributarias se hicieron cada vez más angustiosas, insoportables para los pobres súbditos.
Los sajones se sublevaron en masa contra los opresores. Campesinos, artesanos y nobles unieron sus esfuerzos contra el enemigo común: los normandos.
‑¡Ya está bien! ‑decía indignado un caballero sajón‑. No podemos seguir tolerando las injusticias de los normandos. Quieren hacer de nosotros sus esclavos.
‑¡Debemos combatirlos y ser capaces de librarnos de ellos para siempre!
‑¡Hay que quitarles el poder! ¡Tenemos que ser gobernados por un rey sajón!
El rey Guillermo, que había estado ausente de Inglaterra, encontró a su vuelta un país levantado en armas.
Los sajones se mostraban más rebeldes de lo que en un principio se podía suponer.
Los nobles normandos decían a su rey:
‑Señor, Ilevado por vuestra bondad y magnanimidad, ha­béis tratado demasiado bien a los sajones. Mirad cómo os lo agradecen.
‑Majestad, habéis respetado a vuestros súbditos, no les habéis expropiado sus tierras y, en cambio, ellos se sublevan contra vos. Son unos desagradecidos.
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El rey Guillermo, ajeno a los desmanes de sus nobles y des­conociendo las razones por las que sus súbditos sajones se rebelaban contra él, creyó las acusaciones de sus barones.
‑Caballeros, creí que los ánimos se apaciguarían. Creí que, poco a poco, los sajones olvidarían la derrota de Hastings y acabarían aceptándonos. Ahora creo que no lo harán nunca ‑dijo el rey en tono de lamento.
Así, tomó la decisión de actuar de inmediato y con contun­dencia contra los sajones.
Despojó a muchos nobles de sus posesiones bajo acusación de haber promovido o respaldado la rebelión, y aplastó cruel­mente a los rebeldes.
Pese a todo, los sajones continuaron organizándose. Crea­ron un verdadero ejército clandestino que, en forma de guerri­lla, hostigaba sin tregua a los normandos. Los focos de resisten­cia contra los colonizadores se hicieron constantes.
La anhelada paz en Inglaterra se veía cada vez más lejana, y los normandos, aun ricos y poderosos, no podían vivir tranqui­los a causa de las frecuentes insurrecciones de los sajones.
Murió Guillermo I el Conquistador en guerra contra Francia y sus inmediatos sucesores, durante años y años, tampoco conseguirían apaciguar Inglaterra.
La desconfianza de los sajones hacia los normandos estaba ya tan arraigada que se había convertido en un obstáculo insal­vable entre los dos pueblos.
Los planes de pacificación de los distintos reyes fallaban estrepitosamente y las revueltas continuaban. Éstas eran contestadas con absoluta represión. Lo que daba lugar a nuevos enfrentamientos, cada vez más sangrientos. La espiral de vio­lencia parecía no tener fin.
El rey Enrique de Plantagenet, nieto de Guillermo I, subió al trono y se propuso, como principal objetivo de su reinado, acabar con aquellas luchas sin sentido.
Para este propósito, pensó que debía atraerse, en primer lugar, a algunos influyentes nobles sajones. Para conseguirlo, no escatimó tiempo y esfuerzo el ilusionado rey.

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